El maestro de danza como orientador experto.

Publicado en Cultura el viernes 5, enero, 2018

POR NATALIA REZA/ÁGORA CULTURA/ENSAYO.

Imagen de Eric Sánchez.

La ayuda sistemática y la relación interpersonal de Egan aplicada a la docencia de la danza. 

Los procesos en la danza, ya sean de formación académica, de creación de obra o de terapia ocupacional -como suele llamárseles a los talleres-, son procesos transformadores, pues se trabaja profundo a nivel emocional, de autoconciencia, de autoconocimiento y de auto-dependencia. Empujando al alumno a vivir retos para, por decirlo de alguna manera, abrir problemáticas, trabajarlas en el mejor de los casos y entonces, tener una calidad de vida más efectiva, pues el arte es una actividad que promueve la resiliencia a través de estrategias vivenciales.

Pero ¿sabemos los docentes de la danza que estamos abriendo estos procesos, los sabemos acompañar, sabemos cerrarlos?.  A lo largo de mi experiencia primero como alumna, luego como creadora y docente, he podido observar cómo algunos de los docentes de las artes son inmensamente inconscientes del proceso de transformación personal que generan en el alumno, por lo tanto, no se consideran responsables de acompañarlos y mucho menos de ayudarlos.

En este ensayo deseo compartir con ustedes las características que tienen los orientadores expertos, para así antojarlos a acercarse a éste modelo que propone Egan y que puede ser aplicado a la docencia de las artes, para que ésta transformación del alumno-cliente sea holística y se puedan ir maridando con creativas recetas de autor las fronteras disciplinares en beneficio de la sociedad de la que formamos parte.

Habrá que hacer una advertencia importante aquí, leer no es lo mismo que saber, y conocer el modelo de Egan no nos hará a los maestros de danza: orientadores expertos, pero a través de los saberes de la ayuda sistemática y la relación interpersonal podemos mejorar la calidad de nuestro trabajo docente, que cabe mencionar, ojalá sea cada vez mas de acompañamiento y menos de adoctrinamiento.

¿Qué es un orientador?   

El modelo de Egan es un modelo eclecticista integrativo, es abierto, operacional y creativo, lo que le permite integrarse a una estrategia docente de la danza que también sea abierta y creativa. La enseñanza está considerada como una profesión de ayuda, desafortunadamente los docentes de la danza en lo general no cuentan con las habilidades esenciales del proceso de ayuda: auntenticidad, concreción, empatía y respeto.

Hay profesiones para las que se estudia, como por ejemplo para ser doctor, abogado, arquitecto, inclusive para ser maestro, sin embargo, pocas veces los maestro de danza estudiaron para enseñar, ellas y ellos están dotados de herramientas como bailarines, como creadores, y a veces como gestores, pero carecen de habilidades para las relaciones humanas. Los maestros de danza han sido enseñados a enseñar por personas que no tienen habilidades básicas para ayudar. Podríamos romper esta cadena si nos sumamos a la revolución en el adiestramiento de orientadores como la llama Egan, en donde haya más maestros funcionales que maestros con credencial. Porque en la enseñanza de la danza sucede igual que en el mundo de los orientadores, desatinadamente se elige ayudar a quien menos necesita la ayuda, lo que Shofield llama el paciente YAVIS: Young, attractive, verbal, intelligent, and succesfull; el maestro suele centrar su atención en aquel alumno que tiene mayores posibilidades de “éxito”.

¿Cómo se ayuda a la gente? Según Egan, se les ayuda al enseñarles las destrezas que necesitan para vivir la vida y para enfrentarse a sus crisis más efectivamente. No se pretende aquí que el maestro haga las veces de terapeuta, pero sí que aplique conscientemente sus habilidades esenciales del proceso de ayuda para ayudar, es decir: re-tomar la docencia como una profesión de ayuda y tal vez en el camino, se le caigan algunas lentejuelas que distraen los verdaderos procesos de transformación profunda que debe vivir un estudiante de arte.

“Un orientador está comprometido con su propio crecimiento” Egan

Un orientador dice Jourard (1971) es una persona transparente. Sabe que puede ayudar solo partiendo de él mismo, sin fachadas, sin superficialidades, sin ocultarse, sabe que al ayudar y al ser ayudado hay riesgo, la transformación pasa por la crisis y las crisis suelen ser dolorosas. Cuida NO manipular, No lastimar, NI castigar; un orientador sabe que para ayudar es necesario también ser ayudado, y que con el proceso de auto-exploración del cliente, también se descubre a sí mismo. Es una persona con voluntad y recursos para actuar nos dice Egan. Muestra respeto hacia su cuerpo, posee una adecuada inteligencia básica, respeta el mundo de las ideas, por ello lee activa y ávidamente, respeta la diversidad y pone en práctica aquello que ha aprendido, lo lleva a su campo de especialidad porque es un buen traductor. Tiene buen sentido común y buena inteligencia social. Puede responder ante una amplia gama de necesidades humanas pues ha desarrollado un extenso repertorio de destrezas socio-emocionales. Sabe el gran compromiso que implica ayudar, porque significa atender a otra persona desde ponerse en sus zapatos sin dejar nunca de atenderse a sí mismo, escucha con atención, respeto y sin juzgar, conoce las diferentes teorías, pero aplica solo los métodos necesarios para éste cliente en específico. Se interesa auténticamente por las personas, al hablar es concreto, cuidadoso y humano.

Un orientador es un integrador porque ayuda al cliente a explorarse, leerse, integrar los datos para que el cliente pueda llegar a entenderse. Un orientador no desea que sus clientes se desarrollen a su imagen y semejanza, desea que vivan una vida efectiva. Atiende desde las necesidades del cliente y no desde las suyas. Ayuda a su cliente a elaborar programas de acción a través de develarle sus destrezas. Él posee las técnicas, las técnicas no lo poseen a él, porque está viviendo efectivamente y ayudar es algo instintivo en él. Es a toda conciencia, una persona en proceso.

Piensa en tus maestros de danza, en los maestros de danza de tus maestros, en los maestros de danza de tus hijos, de tus amigos, de tus sobrinos, ¿tienen el perfil de orientador? ¡Sería fantástico que lo tuvieran! Sería maravilloso que estuviéramos más interesados en el proceso de transformación que puede ser una carrera de danza, en dotarnos de herramientas de resiliencia y acción, en integrarnos armoniosamente a las relaciones interpersonales; que, en tomar el taller de moda, ir de gira bailando una obra que no entendemos, bailar piezas de repertorio que no nos significan, en fin, quedándonos en lo superficial del arte, en las lentejuelas.

 

¡Qué maravilloso es aprender de un maestro de danza que es auténtico, concreto, empático y respetuoso!

Resulta paradójico pensar que muchas veces en la docencia de la danza hablamos, problematizamos, tocamos, profundizamos y experienciamos el cuerpo Descartianamente. Lo analizamos, lo desmenuzamos, lo metodizamos para enseñar, en unas clases, las técnicas de movimiento, en otras, las técnicas de composición coreográfica, en otras las técnicas de improvisación, y en otras la teoría que generalmente se reduce a historia con un toque de sociología. Y ¿en cuál asignatura hablamos de nuestra esencia, de nuestros miedos, inseguridades? ¿Cuándo generamos lazos profundos de confianza con el maestro o con nuestro grupo?

¿Porqué sucede este fenómeno? Y ¿qué podemos hacer para atenderlo? Desde mi punto de vista la especialización y el capitalismo de las artes, nos han empujado a la deshumanización de nuestras disciplinas: estamos muy interesados por el conocimiento y poco interesados por los saberes, conocemos, pero no asimilamos y mucho menos llevamos a la práctica en clases y ensayos las técnicas pedagógicas  de la corriente humanista aprendidas en la escuela –en caso de haberlas llevado como materias-; Y por otro lado, estamos muy ocupados en adquirir a cualquier precio, alguno de los paquetes de bailarín, coreógrafo, director o gestor exitoso dentro del mundo de la danza, los cuales generalmente incluyen becas, giras al extranjero y reconocimiento público. Entonces, en el camino al “éxito” olvidamos que la danza no es solamente lo que vemos de ella, así como el cuerpo no sólo es la piel, el pelo, los ojos; sino también el pensamiento-acción, las emociones, la memoria de sangre como la llamaba Martha Graham, la voluntad; la danza es también un camino de auto-conocimiento y auto-dependencia para lograr una mejor calidad de vida, dentro y fuera del escenario.

A veces como docentes pretendemos que el alumno de danza aprenda imitativamente los movimientos, los mecanismos y las técnicas para obtener resultados estéticos; pero cuántos de nosotros nos hemos detenido a hablar con los alumnos para saber qué es lo que ellos están buscando de sí mismos a través de la danza, y a partir de conocer su postura, sus dudas, sus divagaciones, poder integrar datos que nos develen preguntas profundas y honestas con las que podamos trabajar personalizadamente una línea de indagaciones a partir de estrategias de diversas técnicas que a éste alumno le funcionen para conocerse, en lugar de pretender que a todos los alumnos les deben funcionar las misas técnicas y cuando no es así etiquetarlos como “no aptos” para la danza. No puede haber una sociedad más deshumanizada que la que le niega la posibilidad de bailar a todo aquel que lo desee. Y vivimos en una sociedad que selecciona a través de audiciones a los posibles estudiantes de danza y éstas audiciones generalmente seleccionan a través de etiquetas pre-establecidas, es decir juzgan abierta y muchas veces cruelmente a las personas por ser lo que todos somos por naturaleza: imperfectos.

Los maestros de danza podemos comenzar a acercarnos a autores como Egan para hacernos de herramientas prácticas en el área de la ayuda. Podemos comenzar a exigir que las relaciones interpersonales se basen en el respeto, la autenticidad, la concreción y la empatía; que aquellas personas que está frente a grupo sean no sólo profesionales con credenciales, sino profesionales funcionales, es decir, que cuenten con las destrezas necesarias para orientar, facilitar, acompañar y ayudar a las personas en un proceso de transformación profunda y honesta. Que la danza nos deje no nada más la posibilidad de tener equilibrio en el escenario, sino también en la vida diaria. La danza como se enseña hoy en la mayoría de los lugares nos hace estoicos, pero necesitamos más que nos haga humanos.

 

conclusiones

  • Los maestros de danza tenemos naturalmente el impulso de ayudar, pero nos limitamos a adoctrinar. Podemos direccionar nuestro impulso hacia un método del desarrollo humano, para que la educación de la danza recuerde que es una profesión de ayuda.
  • La danza contiene en sí muchos saberes que pueden aportar y que han aportado enormemente al desarrollo de las personas, cuando son aplicados con amor y respeto.
  • Seamos ladrones de saberes y apliquémoslos en nuestras áreas de especialidad con respeto, cuidado y amor.