La otredad en la danza.

Publicado en Cultura el jueves 5, octubre, 2017

 

Por Natalia Reza/ÁGORA CULTURA.

Fotografía: Eric Sánchez.

 

Hace poco leí que no hay nada más peligroso que un hombre que se cree bueno porque no les pega a las mujeres.

Y esa desafortunadamente todavía es una realidad sostenida en el mundo de la danza, porque seguimos ignorado o minimizando a grado de memes la violencia cotidiana, la que se ejerce con las palabras, las miradas y el silencio.

Los hombres son privilegiados, y lo son a pesar de ser o no conscientes de ello, lo son a pesar de quererlo o no, son privilegiados porque pueden viajar de día y noche sin miedo a ser violados y asesinados, pueden platicar con otros sin cuidar su ropa, palabras o posturas para que no vayan a parecer insinuaciones, porque de cinco facilitadores en un módulo de un diplomado de danza, cuatro son hombres. Lo son porque no tienen que pedir la palabra, nacen con ella.

Los hombres pueden hablarse de iguales, a nosotras las mujeres los hombres nos sonríen y hablan de iguales hasta que hablamos de regreso, cuando expresamos nuestras ideas y nos apersonamos con reflexiones profundas, ahí perdemos la horizontalidad, porque hay un esfuerzo brutalmente cotidiano por aplastar nuestra poética, por desprestigiar nuestras ideas, por acallar nuestros esfuerzos, la apertura a la otredad en la danza generalmente sólo funciona en el discurso.

La danza hecha por mujeres es una danza de resistencia, de sobrevivencia, de empoderamiento.

Y no estoy hablando de taxistas asesinos, de padres violadores, o de maridos que golpean, estoy hablando de colegas que se sienten superiores a nosotras por ser hombres y que usan ese micrófono eternamente abierto para dictar reglas que disfrazadas de clases de arte pretenden determinar nuestro proceder, nuestra pertinencia.

La danza hecha por mujeres es una sentencia de vida, es nuestro derecho a pertenecer. Y por danza no me refiero a coreografía, me refiero a nuestra presencia en las calles, en los centros culturales, me refiero a nosotras manifestando y materializando nuestra poética no virilizada, nuestra voz diciendo NO, nosotras siendo cuerpos presentes, conscientes, exigentes. Nosotras exigiendo respeto. Nosotras en los salones de danza, en los teatros, nosotras tomando el control de nuestras obras, nuestra producción escénica y ejecutiva, nosotras apoyándonos entre nosotras.

En la danza no necesitamos hombres que se crean buenos, no queremos hombres que se crean buenos. Necesitamos hombres conscientes de la interculturalidad, de la diversidad, hombres conscientes de su privilegio que estén dispuestos a escuchar lo que nosotras las mujeres tenemos que decir sin juzgarnos, que nos debatan sí, que nos cuestionen también, pero que no quieran anularnos porque no importa todos los esfuerzos que hagan, jamás vamos a desaparecer y no nos van a callar.

Hombres congruentes con su discurso y con el valor suficiente para sostenerlo delante de otros hombres, a ellos, los que saben ser compañeros, a ellos los queremos y necesitamos.