Leo, leo y re-leo.

Publicado en Cultura el martes 6, junio, 2017

 

Olivia Cardona/ÁGORA Cultura

Leo sentada en una banca frente al mar esperando que dé la hora de entrar a trabajar. Leo en el metro de camino al teatro. Leo al llegar a casa. Leo libros, programas de mano, revistas, carteleras culturales.

Pero también leo, leo y leo a gente que en verdad no conozco, pero que aparece frente a mí en una página de inicio de algo que alguien inventó y que llamó red social. Leo y me canso de leerlos. Leo y no los leo.

Sus nombres, comentarios e imágenes publicadas pasan frente a mis ojos por breves segundos y luego los olvido. Quizá recuerde algo por un momento, pero en seguida se borra. Mi cabeza no es capaz de asimilar tanta información.

Leo y leo y me da envidia leerlos. Me siento envidiosa porque ellos pueden escribir tan fácilmente y compartirlo tan abiertamente. Frustrada porque me toma horas decidir si algo merece la pena publicarse o no; porque la mayoría de las veces no le encuentro sentido a esta plataforma.

Harta porque quiero ser la autora de mi vida y no la espectadora de las vidas del resto. Hipócrita porque siento que me contradigo y porque mi discurso se desmorona cuando lo moldeo a mi capricho. Ridícula porque le doy demasiada importancia a un nicho que está invadido de mierda y estupidez y a nadie parece importarle.

Incluso a mí: yo también he disfrutado de la impunidad ante la mierda y la estupidez… Todo esto pasó por mi mente antes de escribir lo que realmente quería escribir: hoy fui a la presentación del nuevo libro de José Sanchis Sinisterra “Prohibido escribir obras maestras. Taller de dramaturgia textual” Y pos la verdad: me ha encanta’o.

Después de que me han estado rondando muchas dudas sobre el teatro y que me he encontrado en conversaciones en las que no puedo poner en palabras exactas lo que siento y pienso.

Viene este hombre con su elocuencia y PLAFF! (Nótese la falta de la palabra adecuada). JSS abre con una pregunta que dice le han hecho mucho: ¿Se puede enseñar a escribir? Responde: no lo sé, pero sí se puede y se debe aprender a hacerlo. De ahí parte su idea de texto como partitura.

¿Por qué a un dramaturgo (aplica también para actor, director) se le cuestiona esto y a un músico no? Nadie discute que un músico debe estudiar música (con sus reglas, formas, etc) para desarrollar su arte. Sin embargo, pareciera que un dramaturgo debe escribir por inspiración divina, lo que le venga y como le venga.

Y he aquí que JSS introduce un término que también “m’a’ncanta’o”: CUALQUIERCOSISMO. Y para explicarlo cita a Raymond Queneau quien dice (palabras más, palabras menos) que quien se ciñe a las reglas más estrictas y las sigue con convicción es más libre, puesto que sabe de manera consciente qué lo restringe.

En cambio, quienes se permiten transitar en el cualquiercosismo, es decir escribir cualquier cosa que les viene a la cabeza, son esclavos de reglas que ignoran. Y si lo miro bien, no es que yo (en aquellas conversaciones que mencioné antes) no haya podido expresar de manera más o menos clara esto mismo, sino que en todas las ocasiones me sentí juzgada.

¿Yo defendiendo las “reglas del teatro”, la técnica, la metodología? La paranoia pone voz a mis interlocutores callados: “¡Vaya acartonada y cuadrada! ¿Para qué encorsetarse si se puede ser totalmente libre en escena?”

Y no es que defienda el virtuosismo técnico por el virtuosismo en sí mismo, pero me pregunto: ¿Hacer lo que me sale del ronco pecho es sinónimo de total libertad? ¿Y si lo que me sale del corazón son todos los condicionamientos que he aprendido y que me han encasquetado a lo largo de la vida? ¿Hacerlo así -al más puro estilo “cualquiercosista”- garantiza que estoy haciendo arte?

Ni siquiera eso: ¿que la forma y el contenido de mi obra es legible para el espectador? Pienso que quizá tras esa sensación de libertad, se esconden en la penumbra de la ignorancia las manos del titiritero.

Este titiritero puede tener muchas caras: las propias limitaciones o capacidades aún no desarrolladas, un maestro, un director, una moda, tendencia o estilo, etc… Y como no tengo una conclusión terminante ni contundente, hasta aquí dejo mi reflexión que al menos me ha servido para aliviar el zumbido de mi mente.

Ahora vuelvo a esconderme, perderme y (ojalá) encontrarme en mis lecturas. Chao. [“El clásico que escribe una tragedia observando cierto número de reglas que él conoce es más libre que el poeta que escribe lo que le pasa por la cabeza y que es esclavo de otras reglas que ignora”. RAYMOND QUENEAU. (Citado por Italo Calvino en seis propuestas para el próximo milenio).