Ayotzinapa la herida que no mata.

Publicado en Debate el lunes 24, septiembre, 2018

Isidro Galicia/ÁGORA DEBATE.

Como todo lo que sucede en México, el olvido es la apuesta  oficial para diluir cualquier echo de injusticia.

A cuatro años de conmemorarse el acto de barbarie más dantesco del México del siglo XXI, la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, aún sigue impune y sin castigo un crimen de lesa humanidad.

El México de las heridas, mantiene perenne la exigencia colectiva de lo que  pasó la noche de Iguala, aquel 26 de septiembre, un lugar que dejó de ser un punto geográfico, para simbolizar el centro de la impunidad nacional.

Durante casi un sexenio, Enrique Peña Nieto cargó sobre sus hombros la responsabilidad de la desaparición de los normalistas de Guerrero.

Ataviado por un régimen con signos evidentes de vacíos de autoridad en amplios territorios del país, Ayotzinapa hirió de muerte al gobierno y al partido en el poder, hasta llevarlo a una derrota estrepitosa en la elección presidencial pasada.

Como en 1968, la desaparición de los normalistas se constituyó en la bandera icónica de la rebelión pública. La causa la asumieron los agraviados y la sociedad civil, que hasta entonces, no había experimentado la dantesca desaparición y probable muerte de unos estudiantes.

Un  Estado mexicano carente de respuestas y un Ejercito protegido por el manto de la impudicia gubernamental.

La narrativa de la impunidad, de la injusticia y de la propia corrupción, estigmatizó al régimen de Peña Nieto, que lo colocó en la palestra de una historia de horror.

A tan solo dos meses de abandonar el poder, Peña Nieto espera con cierta paciencia la conclusión de este capitulo gravoso que no tiene olvido.

Lo obsequioso de la transición de “terciopelo” parece darle inmunidad post presidencial. Aunque el primero de diciembre el país deberá transitar hacia el propio fortalecimiento de las instancias procuradoras de justicia, la restitución de la legalidad y el castigo para quienes se aliaron con la criminalidad.

Ayotzinapa es el antes y el después del México contemporáneo, como lo fue la matanza de Tlatelolco.

Aún sin castigo los culpables, los cuatro años de extensas editoriales, de las investigaciones por los expertos en medicina forense , de los debates parlamentarios y de los padres de los normalistas, fueron el constructo que le dieron rostro a la injusticia en México.

Los cuatro años de la desaparición de los jóvenes normalistas, ante su ausencia debe significarse como el símbolo que indigne a las conciencias. La voz que no permita los silencios. La memoria que mantenga vigente la exigencia de justicia.

Aunque la herida no mata, la ausencia de los 43 normalistas mantiene con actualidad el reclamo de una sociedad y de unos padres agraviados por el desdén de un Estado ominoso, para garantizar la vida de los ciudadanos.

Ayotzinapa aún no mata, pero la herida sigue sangrando.

¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos”.