Convalidar el fraude.

Publicado en Debate el domingo 22, abril, 2018

 

Isidro Galicia/ÁGORÁ DEBATE.

Un país que se hizo de noche, así se refirió Ikram Antaki, escritora siria al México del siglo XX, no muy distante a lo que pasa en nuestra actualidad.

Un país derrotado por sus propios miedos y aferrado a la ignorancia como tónico que ensombrece la razón. Es periodo electoral en México, la maquinaria oligárquica es un activo jugador para defender los capitales e inversiones privadas.

Para perpetuar los infames negocios que desde el poder profundizan la injusticia social y acentúan la corrupción. Desde la calle, oficinas, universidades  y los sectores sociales más empobrecidos están dispuestos a convalidar actos de manipulación y de mentiras.

De validar un fraude con un voto y con la aceptación de lo ilegal. De rendirse ante lo que es infalible; es el Estado mexicano promotor de elecciones fraudulentas, que ante lo irremisible, jugará sus cartas a  matar o morir. Con las  reconversiones inesperadas a favor de José Antonio Meade, el fraude está en marcha.

El aparato de Estado dejó de ser el administrador político y económico del país, para convertirse en el matraquero del candidato oficial.

Del otro lado, la ciudadanía que se encuentra atomizada ante el alud de infamias y calumnias, de mensajes desproporcionados para convertirlos en propósitos de gobierno.

Una sociedad con baja cultura política y cívica, se dispone a sufragar de manera desinformada y persuadida por una promesa que nunca se cumple. Amedrentada por falsos axiomas.

Es un periodo de prometer, sin que frente a ellos (los candidatos) los electores analicen con profundidad las propuestas, las contrasten y las confirmen.

La apuesta de todo régimen  es ganar elecciones a costa de deteriorar la calidad democrática del país. De someter a millones de mexicanos a escenarios inciertos y desesperanzadores; de asumirse como ilegítimos.

Como ayer, hoy el régimen mexicano va por la conservación de canonjías, privilegios y un puñado de empresarios beneficiados por el poder.

Los de abajo o las mayorías, incautas y temerosas de protestar, aún dudan y cambian inhóspitamente de preferencias electorales y de candidatos.

Ante un electorado frágil políticamente, el régimen y el candidato oficial del PRI lanzan la última apuesta para ganar el próximo primero de julio la elección presidencial.

Con adhesiones repentinas, manipulación electoral y comprar las conciencias el riesgo de convalidar un fraude es alto.

Sí así no lo fuera, la estrategia sería otra.