Omisos y necios (Morelia y el crimen organizado).

Publicado en Debate el martes 2, abril, 2019

En la imagen el presidente municipal de Morelia, Raúl Morón Orozco.

Fotografía de Cambio de Michoacán.

AGORA DEBATE/Isidro Galicia.

Morelia, Mich.- En Michoacán a  lo largo de dos décadas se asentó la violencia y la inseguridad pública como factores de sometimiento y amenaza para la ciudadanía en la entidad.

Territorios secuestrados por grupos delictivos y en diversos casos, autoridades aliadas por coacción, convicción o por una negociación obligada para garantizar la paz pública. Algo verdaderamente absurdo.

El primer síntoma que salta es la negación del contexto por parte de las autoridades locales y estatales, que, con negar el hecho estiman aminoren las críticas y la incidencia delictiva. Pero al paso del tiempo, la negación se traduce en una complicidad involuntaria y permisible al estado de violencia que padecen los ciudadanos.

 Como una salida ligera y evasiva, los gobernantes michoacanos optan por invisibilizar la presencia del crimen organizado en sus localidades y comunidades. Incluso, llegan a la irritación ante la presunción de un enemigo social que asecha la seguridad de la población.

Morelia hoy es un punto de debate y de negaciones. La presencia de grupos delictivos que operan desde la sombra de la impunidad no es nueva. Ciertamente, el grado de descomposición social en Michoacán rebasa la actuación de las autoridades. Pero esto no debe pretextarse para evadir la responsabilidad de los funcionarios actuales.

El llamado efecto cucaracha, durante la llamada guerra contra el narcotráfico emprendida por Felipe Calderón en el estado, arrojó que Morelia se tradujera como la nueva guarida de grupos delincuenciales, que, desde tiempos atrás operan de forma impune en la capital michoacana.

Como una experiencia comparativa Apatzingán es un puntual ejemplo. En el pasado y aún en el presente, la continua descomposición social y el incremento en la violencia pública derivó en una guerra de baja a muy alta intensidad entre los grupos del crimen organizado por la disputa de los territorios.

El resultado de ese proceso es una economía precaria. Un gobierno sin la capacidad de detener la caída del basamento social y sin las medidas para garantizar la seguridad de los ciudadanos. Hoy Apatzingán es una ciudad con pasajes urbanos fantasmales. El retrato de un auténtico estado fallido.

Morelia empieza a padecer asonadas criminales. Las balaceras aparecen en el imaginario cognitivo del moreliano común. El lenguaje criminal se interioriza entre la población. Morelia se encuentra en un proceso de degradación y de permanente intimidación.

Sus autoridades se encuentran obnubiladas ante el fenómeno criminal que crece en la capital michoacana. Sería prudente que el presidente municipal, Raúl Morón acepte el desafío y lo combata con frontalidad,

Negar los hechos no resultará.

Asumir la responsabilidad hablará de un presidente municipal ocupado de una amenaza que crece y duerme en las calles de Morelia.