Reformar para no cambiar.

Publicado en Debate el miércoles 14, junio, 2017

 

Isidro Galicia/ÁGORA DEBATE.

México es folklórico en su democracia.

Hoy, actores políticos de diversas fuerzas partidistas, intentan promover una nueva reforma política, que implica la figura de la segunda vuelta electoral, así como los gobiernos de coalición.

Si bien, la ausencia de legitimidad en los gobiernos federales, derivado de la baja votación que obtiene quien gana la elección presidencial, motiva a una serie de ajuste en las reglas electorales de México.

Sin embargo, estas inercias políticas se observan precipitadas y forzadas.

Desde el 2000, año de la alternancia en el poder federal, México vivió un periodo de gracia democrática.

La confianza y respaldo social, acompañaron los primeros años del foxismo.

El contexto político estaba dado para profundizar los cambios estructurales de régimen y del propio sistema gubernamental.

El bono democrático se diluyo en la incompetencia del foxismo.

Actualmente, diversas voces de fuentes ideológicas distintas, se han sumado, al menos en el discurso político, en la necesidad de promover ajustes al marco electoral mexicano.

Actores políticos como Manlio Fabio Beltrones, Ricardo Anaya y recientemente, el gobernador de Michoacán, Silvano Aureoles, han expresado la posibilidad de terminar con el modelo presidencialista, y reformar el sistema actual.

Nadie despreciaría partidos sumados en una gran coalición gubernamental. Solventar la baja participación de la sociedad en las elecciones y garantizar la capacidad de un gobierno para la negociación con las distintas fuerzas políticas.

Todo suena bien. No obstante, el escenario nacional actual se encuentra convulso, ríspido y confrontado.

A un año de los comicios presidenciales del 2018, el tema se entrevera en las suspicacias.

¿Por qué acudir a una reforma política-electoral, cuando el proceso presidencial del 2018 inicia en octubre próximo?

Nada es casualidad en política. Las inercias ideológicas que se mueven en torno a una pretendida reforma electoral, seguro no tiene como fin último, fortalecer nuestro sistema democrático.

Solo cabría preguntarse: ¿Tendría destinatario la reforma electoral?