Una transición fraguada.

Publicado en Debate el viernes 15, diciembre, 2017

Isidro Galicia/ÁGORA DEBATE.

Francisco Labastida Ochoa candidato del PRI a la presidencia de la República, fue la pieza que engranó la transición política y que permitió la alternancia en el poder con Vicente Fox Quesada del PAN en el 2000.

A casi 18 años de aquella elección, el escenario electoral se dibuja una nueva sucesión fraguada por el PRI y el gobierno de la República.

José Antonio Meade no está hecho en las filas del Revolucionario Institucional. Su logro fue mantener intacto un modelo económico y financiero durante dos sexenios, el de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.

El primer filtro cupular, Meade logró sortearlos con relativo éxito. La aprobación unánime de los sectores que se agrupan en el PRI confirmó que la imposición, además, de concretarse desde Los Pinos, se ajustó al ritual de la simulación democrática.

Meade no solo es un personaje lejano a los soportes ideológicos e históricos del PRI, sino, además, su figura está condicionada ante los escenarios electorales posibles en el 2018.

No es el candidato que entusiasme a su militancia. La disciplina partidaria tradicional del tricolor ha logrado sostener en el imaginario colectivo que es el candidato de las bases y del priismo nacional.

José Antonio Meade encarna al propio Labastida Ochoa, un candidato intrascendente, impopular y gris. Sin embargo, hasta el último momento, el régimen priista hará lo posible por sostenerlo en la competencia presidencial del 2018,

De lo contrario, Peña Nieto y el grupo de poder se decantará por el abanderado frentista, Ricardo Anaya.

Como en el 2000, la transición política estaba pactada, acordada y concertada para que el PAN llegará por vez primera a la presidencia de la República.

Agravios como el FOBAPROA, la masacre de Acteal y la primera gran derrota del PRI en una elección federal de 1997, fueron los signos que profetizaron la alternancia y la protección del panismo a la impunidad priista.

Ante un nuevo escenario electoral, como en el 2000 y ahora en los 2018 nuevos hechos se constituyen como factores de negociación entre el PRI y PAN; las reformas estructurales, la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y mantener el modelo de privatización en materia energética.

Son más las coincidencias que las divergencias. Meade tendrá la responsabilidad de crear un ambiente de competencia electoral y una atmósfera democrática durante los comicios del 2018.

Si su aspiración presidencial no propicia rentabilidad política esperada, la concertación estará en marcha.

Será cuestión de tiempo para verlo.